Rintrah, El rojo

Description:

Un hombre de 1,80 mts y piel roja, de ahí su apodo.

Bio:

Nació con una habilidad difícil de precisar, algo que muy pocos hubieran notado. Las minas de Red Steel son consideradas la primera capa del infierno, pocos sobreviven a las duras condiciones que impone su extracción y, nadie, absolutamente nadie, escapa al efecto de las mutaciones.
Trabajó en ellas durante la mayor parte de su vida, desde los 5 años, cuando ayudaba en tareas básicas de logística, hasta los 20, época para la cual ya explotaba el material en las entrañas de la tierra.
Su fama se extendió entre los alrededores, pocos al principio creían en su historia. “Imposible” decían unos “15 años en las minas rojas y está intacto, ni una mano más, ni un pie de sobra, ni siquiera un tercer ojo para ver en la oscuridad”.
Durante esos años conoció a quien, tal vez, fuera su primer amigo, Roy O’banon. Ahora, tanto tiempo después, son pocos los recuerdos que le quedan de aquel joven vaquero venido de Waterdeep. Adicto al licor, jugador, fumador, con mejor puntería borracho que sobrio, Roy tenía poco claro lo que quería, no vivía más que para el instante y, aunque estoico, nunca perdía la ocasión de lanzar un comentario irónico y mordaz sobre la vida.
Un día no muy claro y confuso, como fueron casi todos los días que le siguieron, una mujer semiracasta, con ojos de lince, se presentó en la aldea. Pasó varios días en la mina negociando Red Steel para la fabricación de armas, – Vengo del reino de Halrua-, decía, – Y tengo órdenes de llenar toda la caravana de metal. Era hermosa, de eso no le quedaba ninguna duda, con un tono de voz desconcertante y una apariencia que, ante miradas más agudas, se mostraba por momentos temblorosa, líquida tal vez.
Ahora que se ha levantado en algo la bruma que envolvió todos esos años poco a poco ha comenzado a discernir las formas detrás de la niebla. Recuerda el súbito interés que hubo entre ambos desde el principio, el coqueteo, las caminatas, las noches que pasaron dentro de su posada..
Un calor abrazador, días enteros sin poder dormir, un dolor que lo nublaba todo, el rostro de la mujer tan cambiante como la marea, rostros de otros hombres, gritos, angustia, sangre, y al final magia. Los experimentos para tratar de crear una aleación entre el Red Steel y la carne eran una tortura, no bastaba con agregarle simplemente una pierna o un brazo de este metal, quien quiera que fuera buscaba una fusión más profunda, algo que no pudiera separase con un tajo de espada o el golpe de un hacha.
Cuando recuperó la conciencia encontró a Ryoko mirándolo fijamente a los ojos. Tez plateada que fluía entre mil expresiones, mil rostros. A su lado hombres con cuerpos metálicos de diversa índole y apariencia, verde, plomo, plata, oro.-No eres el único de tu clase Rintrah, todos ellos son tus hermanos.
Adamantium, Plomo Mercurio (Ryoko), a quien creo que ya conoces, Black Steel, y, por último, tú, Red Steel.- Circe, una Elfa Drow, le hablaba con un tono quedo en medio de su letargo. – Fue muy difícil encontrar a alguien que pudiera soportar los efectos de este metal, no te imaginas cuánto he buscado, cuánto tiempo había esperado para mostrarle a Imperágon que sus ridículas armas y partes no son nada al lado de ustedes, mis creaciones-.
Durante las primeras pruebas se dio cuenta de que, al contacto, podía robar magia a cualquier objeto que tuviera efectos mágicos duraderos. Al tocar una espada de fuego o hielo su cuerpo entraba en combustión o se enfriaba, al tocar un anillo invisible su cuerpo adquiría la misma propiedad. Al mismo tiempo pudo observar las propiedades de cada uno de sus hermanos. Ryoko, la asesina, podía transformarse en cualquier persona e imitar cualquier estilo de pelea, transformase en líquido y convertir cualquier parte de su cuerpo en un arma. Adamantium, el indestructible, con fuerza y tamaño sobrehumano. Plomo, ágil y certero, nunca fallaba un disparo con las pistolas que tenía acopladas a los brazos, mientras que Black Steel, por el otro, canalizaba la energía negativa.
Ryoko siempre jugó entre él y Black Steel y fue, sin duda, la causa del odio que se levantó entre ellos y precipitó la huida de Rintrah. Nunca pudo adivinar los motivos de Ryoko, ni mucho menos leer las cartas de su baraja. Después de la pelea que casi desmiembra al grupo ella fueron ella y Roy O’banon quienes lo ayudaron a escapar de los pantanos de Halrua y le dio indicaciones para alcanzar las lejanas tierras del oriente sin que Circe se enterara.
Al final de su camino se topó con un extraño. Era un viejo monje maestro en varias artes marciales (Ryu Lee), que vio en él el recipiente perfecto par heredar su conocimiento, creando así un ser no sólo capaz de destruir, sino, como él mismo le explicó alguna vez, de proteger. El entrenamiento continuó por muchos años (20 años), muchos más años de los que se reflejaron en su rostro, los años, desde aquel experimento, para él pasaban en vano.
A los 20 años, sin embargo, Circe y los miembros de su grupo de humanos que parmecían fieles a ella (Adamantium, Dark Steel y Plomo). Tras la batalla, su maestro, Ryu Lee, murió y él fue capturado. Circe, sin embargo, no estaba dispuesta a eliminar a una de sus más preciosas creaciones. En castigo por su rebeldía, Rintrah fue condenado a una cárcel infinita, lejos muy lejos, de donde nunca podría salir.
Rintrah es maestro en Kun-Fu.

Rintrah, El rojo

LEGIÓN EPICO (D&D) spatrons